Camino Portugués con Anselmo: después de la enfermedad, 280 km por la costa
El Camino Portugués con Anselmo empezó como un sueño aplazado por la enfermedad. En octubre de 2021, después de tres años y medio de tratamientos contra un mieloma múltiple, salió de la Catedral de Oporto por el Camino de la Costa. Con él fue Pedro, amigo desde la infancia. Así, en 10 días y 280 km, llegaron juntos a Santiago.
Por el camino, se les unió João, un peregrino experimentado que acabó siendo casi un hermano. Además, la llegada coincidió con un día especial, porque Anselmo cumplía 60 años. En esta entrevista, nos cuenta las etapas día a día, los albergues, el susto de Vigo y por qué cree que es lo desconocido lo que nos transforma.
Por qué Anselmo hizo el Camino Portugués
Primero, volvemos a los años de la enfermedad. Entre cirugías, quimioterapia y dos autotrasplantes, Anselmo pasó mucho tiempo encerrado en casa. Por eso, el Camino Portugués con Anselmo nació como una prueba consigo mismo.
Anselmo, ¿por qué decidiste hacer el Camino de Santiago?
Anselmo: ¡Mi grito de Ipiranga! (mi grito de independencia) Ya había planeado hacer el Camino, antes de la enfermedad; nunca hubo una promesa ni una apuesta en ese sentido, pero, por algunas conversaciones con conocidos y publicaciones en las redes sociales, la idea se me fue metiendo dentro. Hice varias veces el Camino hasta Fátima, pero siempre me decían que Santiago era de otra dimensión. Desde el inicio de mi enfermedad (2018) hasta octubre de 2021 (inicio del Camino), habían pasado 3 años y medio. Fueron años terribles: me rompí la columna tres veces, me operaron dos veces de la columna, hice quimio durante ocho meses, hice el primer autotrasplante, en agosto de 2019, que fue muy bien y me devolvió a la vida, a pesar de haber perdido 40 kilos de peso. Convalecencia y recuperación; al cabo de un año, y con una recuperación asombrosa, me llaman del IPO de Oporto (Instituto Portugués de Oncología) para una reunión en la que me “invitaron” a participar en un estudio. Un estudio que, además de nuevos fármacos, incluía un nuevo autotrasplante. Acepté, por mi bien y por el de todos los que padecen esta enfermedad (mieloma múltiple). Agosto de 2019: otro mes encerrado en aislamiento, esta vez sin las dosis de morfina, como en el primero; la cosa fue un poco violenta, pero, una vez más, conseguí superarlo. Lo cierto es que, pasado un año (agosto de 2021), asumí que tenía que hacer el Camino. ¡Necesitaba ponerme a prueba! Fueron tres años terribles encerrado en casa por culpa de las infecciones y de la pandemia. ¿Sería yo un cadáver ambulante o estaba listo para dar alas a mi sueño? Estaba bien física y mentalmente. Al principio, mi idea era ir solo, pero menos mal que no lo hice. Después de algunas conversaciones con mi amigo y compañero, Pedro Lascasas, que tenía el mismo sueño que yo, acordamos que saldríamos a principios de octubre; lo único que planeamos fue que el Camino iría siempre junto a la costa.
Diez días por el Camino Portugués de la Costa
Después, Anselmo cuenta el recorrido día a día, de Oporto a Santiago. No reservaron dónde dormir y, por eso, cada final de etapa fue una sorpresa. Si quieres planificar una ruta parecida, mira nuestra guía del Camino Portugués de la Costa.
¿Cuántos días tardaste y qué etapas hiciste en el Camino Portugués?
Anselmo:
Día 1, 21 de octubre: de la Catedral de Oporto a Póvoa de Varzim. Después de dos salidas en falso (por las obligaciones profesionales de mi amigo Pedro), empezamos, por fin, nuestro Camino: mochila a la espalda, arrancamos desde la Catedral de Oporto con todo el valor y la confianza. Un día excelente para caminar; si no fuera por las famosas nortadas (el viento del norte) de vez en cuando, habría sido perfecto. Conseguimos caminar hasta Póvoa de Varzim y llegamos ya al final de la tarde. Sin embargo, Pedro empezó a entrar en pánico: como no teníamos nada reservado para pasar la noche, ¡tocaba buscar! Entré en la oficina de una inmobiliaria y, educadamente, pregunté si conocían por allí algún sitio donde pudiéramos pasar la noche. Nos indicaron un alojamiento local cerca y, cuando llegamos, tenía el teléfono de contacto en la puerta. Llamamos montones de veces, sin éxito, hasta que un señor que pasaba nos informó de que estaba cerrado porque la señora estaba enferma. Aun así, y muy amablemente, nos habló de otro, a cerca de 1 km. Allí llegamos, justo enfrente del Mercado Municipal: “Réve D´or”, así se llamaba el alojamiento. Nos atendió una señora con acento francés, muy amable. ¡Ya en la recepción nos quedamos encantados! Toda la decoración aludía a Santiago, lo que significaba que ya era habitual que lo frecuentaran peregrinos, como nos confirmó la señora. Instalaciones de lo mejor; pagamos 20 euros.
Día 2, 22 de octubre: de Póvoa de Varzim a Chafé. Ocho de la mañana. Toca dar cuerda a los “vitorinos”. Bajamos la calle hasta la playa y desayunamos. Otro día maravilloso. Impresionan los km de pasarela que recorrimos solos, nunca lo habría imaginado: campos de golf, zonas protegidas para la nidificación y la observación de aves, algo maravilloso. Hasta ahora, estábamos radiantes de felicidad por haber elegido caminar por la costa. Comimos justo a la entrada del puente sobre el río Fão. Después de comer, descansamos un poco y a seguir camino. Después de cruzar Esposende, empezamos a ver indicaciones de un albergue en Marinhas. Siguiendo las flechas amarillas, llegamos al albergue. Nos quedamos asombrados: un edificio nuevo y, luego, cuando entramos: ¡uau! Nos recibió una voluntaria de la Cruz Roja. El albergue olía a nuevo, superlimpio, con ventanas que dejaban entrar un sol maravilloso. La señora, amablemente, me lavó los pies (no podía hacer nada por las ampollas); como todavía era muy temprano, decidimos seguir camino (con mucha pena, porque el albergue invitaba de verdad a una siesta), preguntamos si más adelante habría alojamiento, pero no supieron indicarnos nada. Acabamos el día reventados, en Chafé. Nos quedamos en un alojamiento local llamado “Casa do Campo do Forno”, 20 €, superespectacular.
Día 3, 23 de octubre: de Chafé a Carreço. De nuevo, a las ocho de la mañana y bien repuestos; no teníamos ninguna fecha ni hora definida. ¡Nuestro deseo era hacer el Camino, que ya había empezado a hacer de las suyas! De hecho, el espíritu del Camino ya se nos había metido dentro. Una etapa preciosa; comimos a la entrada del puente de Viana do Castelo, en una churrasquería con gente supersimpática, muy agradable, que incluso nos invitó a ir allí en la época de las fiestas de la Senhora da Agonia. Ellos tienen barco y nosotros iríamos con ellos a la procesión del Mar. Fue de las etapas más bonitas y que más nos marcaron; estábamos llegando a Carreço cuando empezamos a ver indicaciones de un albergue (Albergue do Sardão). Paramos en un pequeño café y tienda de comestibles para preguntar si aún quedaba lejos. Nos informaron amablemente y, además, el señor hasta llamó al albergue, porque conocía al responsable. Habló con él para decirle que había allí dos peregrinos que necesitaban alojamiento. Entretanto, me pasó el teléfono para hablar con el señor Nuno, responsable del albergue. Las noticias no eran las mejores (¿o sí?). Nos informaron de que el albergue estaba lleno, no de peregrinos, sino de un grupo de españoles que se habían reunido allí para el fin de semana. Nuno, muy simpático, pregunta: lo que queréis es ducharos y pasar la noche, ¿no? Pues, si queréis, aquí pegado al albergue tenéis a mi amiga Ana, a la que le gusta ayudar a los peregrinos, y sé que ya hay allí dos españolas, pero todavía tiene sitio para dos personas más. ¡Santo Dios, eso es justo lo que queremos! Llegamos a casa de la señora y Nuno ya estaba allí. Nos presentó y allí pasamos la noche, 10 €, un chalé superespectacular. Pero quien nos dejó sin palabras fue la señora: pensaba que ya no quedaba gente así.
Día 4, 24 de octubre: de Carreço a Caminha. Hoy salimos media hora antes. Salió así. Fue cuando nos despertamos. La señora había dejado una cafetera con café en la puerta para que, al salir, nos calentáramos el estómago. Mi amigo Pedro y yo estábamos felices, las cosas (quitando mis ampollas) iban tan bien. La gente era tan simpática, el sol seguía brillando, ¿qué más podíamos pedir? No lo pedimos, pero nos regalaron una etapa preciosa, maravillosamente relajante. Comimos en Vila Praia de Âncora, pero, después de una mañana preciosa, por primera vez desde que salimos, la lluvia hizo su aparición. Nos pusimos los anoraks, no teníamos capas de lluvia, y a marchar. Acabamos empapaditos. No es fácil caminar junto al mar con lluvia, pero conseguimos caminar hasta Caminha. Intentamos encontrar el albergue, pero fue en vano. Ya cerca de la salida de Caminha, encontramos un alojamiento local. Era un sótano y pagamos 20 euros, pero estábamos tan empapados que nos habríamos quedado hasta debajo de un puente. Nos dimos una ducha estupenda que hasta nos hizo olvidar la lluvia. Fuimos a buscar algo de comer y encontramos un cafetín cerca. Engañamos al estómago y fuimos a descansar, cansados, pero felices.
Día 5, 25 de octubre: Caminha, Mougás y Oia. Con la ropa seca y medio húmeda, a las ocho de la mañana, volvimos a poner los pies en el Camino. Íbamos con algo de incomodidad, pero, cuando llegamos al camping de Caminha, ya estábamos calentitos. Fuimos los primeros del día en hacer la travesía en barco hasta A Guarda. Dejábamos Portugal; hasta aquí, las cosas habían ido muy bien, con algún golpe más o algún golpe menos. Para quien venía completamente a la aventura, el balance era muy positivo, el espíritu del Camino se había apoderado de nosotros. ¡Ya no éramos nosotros! Lo único que nos dejaba pensativos es que, hasta aquí, nos habíamos cruzado con pocos peregrinos y los que encontramos eran de otras nacionalidades. Después de preguntar, nos indicaron un café a unos tres km. Es que todavía no habíamos desayunado. Una etapa muy bonita, que nos llevó hasta Mougás; una vez más, íbamos a la deriva en cuanto al alojamiento, pero, mientras tanto, empezaron a aparecer indicaciones del albergue (Aguncheiro). ¡Una vez más, el Camino nos guiaba! El albergue había abierto precisamente ese día, había estado cerrado por la pandemia. Muy bueno, ¡pagamos 12 euros! Tenía un café al lado, pero estaba cerrado. Estábamos preparados para no comer ese día, pero el responsable del albergue nos consiguió una empanada y dos cervezas, que todavía hoy no sé de dónde las sacó, pero lo cierto es que comimos, bebimos y dormimos una noche fantástica, mecidos por el mar, justo enfrente.
Día 6, 26 de octubre: Mougás, Oia y Vigo. La etapa más larga y “violenta”. Después de salir del albergue, con un sol radiante, queríamos desayunar, pero no aparecía ningún sitio para hacerlo; al cabo de unos pocos km, apareció un café-restaurante, pero con pinta de estar cerrado. Es que, en España, antes de las diez de la mañana, no había nada abierto, pero en este nos esperaba una sorpresa. No tenía clientes, pero estaba abierto. Preguntamos si podíamos entrar y nos dijeron que sí. Cuando empezamos a pedir, nos dice el señor: ¿Sois portugueses? Respondimos que sí y entonces el señor dice: ¡yo también! Llevo aquí dieciocho años. Soy el único que abre temprano por la mañana. Si no, no tendríais desayuno tan temprano. Fue agradable oír hablar portugués. Ya despachados, el señor nos deseó buen viaje y arrancamos: la parte más bonita de esta etapa fue Baiona, muchas cosas bonitas para ver. Hicimos un pícnic en la playa y fuimos disfrutando de todas las cosas bonitas que nos iban apareciendo. La parte más dura fue a la entrada de Vigo. Cansados, nos perdimos e hicimos km innecesarios dentro de la ciudad de Vigo. Llegamos al albergue hacia las 9:30. El albergue cerraba a las diez. Aquí pagamos diez euros. Muy bueno (siendo municipal). Abajo estaba la recepción, y la sala de estar y el comedor. Las habitaciones estaban arriba, pero había ascensor. Estaba tan cansado y abatido que ni cené. Pedro aún salió a la calle a por una pizza (Pedro aguantó muy bien hoy, su apoyo fue crucial). Cuando volvió, yo ya dormía, vestido y todo. Temprano por la mañana, estuve como media hora debajo de la ducha; valió la pena, quedé como nuevo.
Día 7, 27 de octubre: de Vigo a Pontevedra. Aquí teníamos hora para salir del albergue (las 7). Cuando salimos a la calle, era noche cerrada. Hasta pensamos que nos habíamos equivocado de hora. Al final fue bueno, porque salimos de Vigo sin tráfico y sin el lío del día anterior. Solo cuando llegamos a Redondela y empezamos a ver que el panorama iba a cambiar, nos pusimos más contentos. ¡Así sí, esto ya era el Camino! Lugares preciosos, los campos, los caballos. Aquí ya nos cruzamos con muchos peregrinos. Lo curioso: no encontrábamos portugueses. Caminamos hasta Pontevedra. Conseguimos alojamiento local, en A Loxa. Bueno, 15 euros. Aún nos dio tiempo a dar una vuelta por la parte vieja de la ciudad y comprar la cena.
Día 8, 28 de octubre: de Pontevedra a Valga. Esta pasa a la historia. Salimos temprano, estábamos bien descansados. Ya nos habíamos olvidado de Vigo. A las ocho de la mañana, estábamos cruzando el puente del Burgo, de madrugada y a oscuras, y empezamos a subir avenida arriba. En un momento dado, nos dimos cuenta de que venía otro peregrino un poco por detrás. Pedro y yo íbamos tan distraídos con la conversación que, si no llega a ser por una señora que paseaba a su perrito y nos avisó, habríamos seguido todo recto. Teníamos que haber girado a la izquierda unos veinte metros antes, pero lo más gracioso es que el otro señor también venía detrás de nosotros. Claro, entablamos conversación: entonces, amigo, ¿también venías pensando en la vida? ¡La verdad es que venía mirándoos a vosotros y ni me di cuenta del desvío! Dice él, en un portugués perfecto. Qué guay, hacía tiempo que no hablábamos con un portugués. Después de las presentaciones, seguimos camino. Ya no éramos dos, ahora éramos tres: Anselmo, Pedro y se nos unió João. Otro día maravilloso, paisajes fantásticos; tuvimos la compañía de João hasta las cascadas de Barros, que no conocíamos y, si no fuera por él, no habríamos conocido, porque hay que salir del Camino para ir hasta el parque y las cascadas. João, que ya era un peregrino experimentado, nos dijo que las disfrutáramos. Él se adelantaba, para intentar llegar a Valga y conseguir alojamiento, porque en el albergue nadie cogía el teléfono y, en teoría, venía lluvia. Después de descansar un poco, volvimos al Camino. Hacia las 17:00, João nos tranquilizó con una llamada, diciendo que estaba en Valga y que ya tenía alojamiento reservado. ¡Genial! Llegamos hacia las 19:00 al albergue. Nos recibió muy amablemente el responsable, que enseguida nos llevó a una habitación donde ya nos esperaba João. Muy bueno, por 12 euros. Lo ordenamos todo, nos dimos una buena ducha y cenamos justo enfrente del albergue. Estábamos saliendo a cenar cuando empezó a llover. Y bien. Pedro y yo nos pusimos muy contentos. Ya podíamos estrenar los ponchos que habíamos comprado en Baiona.
Día 9, 29 de octubre: de Valga a Milladoiro. Salimos a las siete de la mañana, ¡órdenes de João! Desayunamos al otro lado de la carretera y a ponerse en marcha. A media mañana, João nos dejó de nuevo y se adelantó. Había una etapa que había dejado sin hacer por acompañar a una pareja de brasileños, así que quería ir hasta Santiago para coger el autobús de vuelta, hacer la etapa que le faltaba y luego venir a encontrarse con nosotros. Pasamos por Padrón e hicimos allí una visita. Fuimos a recoger la Padronela (la Pedronía) y seguimos hasta Milladoiro, por indicación de João, claro. Nosotros qué íbamos a saber dónde quedaba Milladoiro o si tenía albergue. Lo cierto es que, al final de la tarde, llegamos. Madre mía, esto parecía un hotel. Qué nivel, 12 euros. Una construcción nueva y moderna, con todo lo bueno y lo mejor: duchas, camas. La sala de estar tenía chimenea y qué bien nos sentó cuando, ya de noche, volvió a llover. Estábamos cenando; hoy nos dio para quedarnos un rato más de charla. Habíamos hecho amistad con una peruana, una coreana y un ucraniano que ya habíamos conocido en Vigo. Éramos los únicos ocupantes del albergue. Quedamos en que, al día siguiente, seguiríamos todos juntos.
Día 10, 30 de octubre: de Milladoiro a Santiago. A las 8 y después de desayunar, arrancamos para la última y definitiva etapa. Esta etapa ya es difícil de describir: un torbellino de sentimientos, las ganas de llegar y la nostalgia de lo que quedaba atrás. Hoy, 30 de octubre, yo cumplía 60 años. Después de tantas privaciones e incertidumbres, había alcanzado uno de mis sueños. Al llegar a Santiago, fuimos a la oficina del peregrino a por la Compostela y a sacar el número para asistir a la misa. João nos había pedido que lo esperáramos, que por la tarde estaría allí, pero, cuando acabó la misa, ya nos había encontrado. Nos abrazamos los tres y fue una explosión de sentimientos. Pedro y João me abrazaban para felicitarme por el cumpleaños. Fue un momento único.

La enfermedad, la amistad y el susto de Vigo
La enfermedad no lo frenó, pero los primeros días trajeron dudas. Al fin y al cabo, nadie sabía si iba a aguantar, ni siquiera la familia. Aun así, al lado de Pedro todo pareció más ligero, sobre todo hasta llegar a Vigo.
Siendo enfermo oncológico, ¿tuviste algún cuidado especial al preparar el Camino?
Anselmo: No. El hecho de ser enfermo oncológico no me limitó, pero, en los dos primeros días, iba caminando y no se me iba de la cabeza cómo irían las cosas: ¿aguantaría? Es que, ya el primer día, me salieron ampollas. Sé que en casa estaban todos pegados al teléfono, esperando a que yo llamara para venir a buscarme. No quería dejar colgado a mi amigo Pedro, después de haber aplazado la salida dos veces. Claro que mi médica del IPO ni se lo imaginaba. Ya le había hablado de eso y ella me dijo que me mandaba al psiquiatra. El único momento en que tuve más miedo fue en Vigo, que casi me desmayo del cansancio.
¿Cómo fue hacer 280 km siempre codo con codo con la misma persona?
Anselmo: Haber hecho el camino con mi amigo Pedro fue lo mejor que podía haber pasado, estoy seguro de que el sentimiento es mutuo. Nacimos a 500 m el uno del otro. Fuimos compañeros de infancia. Fuimos compañeros de colegio. Solo a partir de casarnos nos distanciamos más. Teníamos vidas profesionales distintas, no nos veíamos con tanta regularidad, pero, sin duda, Pedro fue la persona adecuada para hacer el Camino durante 10 días y 280 km. Estábamos en una fase en la que los dos necesitábamos desahogarnos, así que nadie mejor que Pedro.
¿Qué fue lo que más te sorprendió del trayecto?
Anselmo: Lo que me sorprendió en el trayecto fue la amabilidad de la gente. ¡Si todos fuéramos peregrinos, no habría maldad en el mundo! Como es evidente, nadie nos llevó en brazos, no nos alojamos gratis en ningún sitio. Lo que comimos, lo pagamos. Pero hay un sentimiento distinto en la gente. Por momentos, toda la maldad desaparece. Este fue el primer Camino, todavía no sé cómo son los otros [caminos]; sin embargo, o por ser el primero, creo que es imposible encontrar otro camino tan bello. Estuve en lugares y vi cosas que ni en sueños. Es imposible vivir la vida (no diré todos los días) sin pensar en el Camino.
¿Cuál fue el momento más difícil de tu Camino Portugués?
Anselmo: El momento más difícil fue, sin duda, Vigo. La etapa fue muy larga y agotadora y, cuando llegamos a Vigo, ¡fue como un jarro de agua fría! Tanta gente. Tantos coches, motos, bicicletas. Hasta entonces, habíamos caminado por el Paraíso, pero teníamos que pasar por el Infierno. Fue una verdadera prueba. Nos empeñamos en ir al albergue, pero, hasta que lo encontramos, más de una vez estuve a punto de desmayarme. Siempre con el apoyo de mi gran compañero, que también estaba cansado, íbamos andando y preguntando, parando a descansar algunas veces. Aquí, la gente ya era completamente distinta. Cuando pedíamos información, algunos ni se paraban. Sin duda, esta etapa estaba poniendo en duda todo lo que habíamos sentido hasta aquí. Cuando encontramos el albergue, entramos, hicimos el check-in (yo ni comí ni me quité la ropa), me acosté y me desconecté por completo. Temprano por la mañana, me di una ducha muy revitalizante y arrancamos. Mi amigo Pedro me decía que fuera más despacio, pero yo solo quería salir de aquel sitio (Vigo) antes de que todo empezara a moverse otra vez.
¡Si todos fuéramos peregrinos, no habría maldad en el mundo!
Albergues, personas y la llegada a Santiago
Por último, Anselmo habla del mejor albergue, del amigo que ganó y de qué llevar. De hecho, su mochila era mínima, así que merece la pena compararla con nuestra lista de qué llevar en la mochila para el Camino de Santiago. Después, cuenta cómo fue llegar a Santiago el día en que cumplía 60 años.
¿Cuál fue el albergue más cómodo en el que te alojaste?
Anselmo: El albergue más cómodo que encontré fue, sin duda, Milladoiro. Me impresionó en todos los aspectos: limpieza, comodidad, espacio; estaba completamente alucinado, nunca imaginé un albergue así en el Camino. Creo que fue un mimo, después de Vigo.
¿Cuál fue el tramo más bonito, en Portugal o en España?
Anselmo: Vi cosas tan bonitas e inolvidables, tanto en Portugal como en España, que sería deshonesto por mi parte destacar una. Lo que es bonito, de hecho, es el Camino en su conjunto. Si no hubiera pasado por Vigo, ni habría notado la diferencia entre países. El Camino nos aísla del resto del mundo.
¿A quién conociste en el Camino que nunca vas a olvidar?
Anselmo: ¡João! Se quedará para siempre en nuestras vidas. Tanto yo como mi amigo Pedro lo adoptamos como hermano y creo que João también nos adoptó.
¿Qué no puede faltar en la mochila de un peregrino?
Anselmo: ¡Todo y nada! Puedo decir que llevaba lo mínimo indispensable. Sin embargo, en Angeiras, ya el primer día, nos encontramos con un amigo mío al que le dejé la mitad de las cosas que llevaba. Todos los días me ponía lo mismo: pantalón corto elástico, pantalón corto de tela encima, una camiseta y, si hacía frío, siempre tenía un anorak; y ahora también tenía un poncho para la lluvia, que compré en Baiona. Lo que considero esencial: calzoncillos y calcetines limpios, todos los días. Lo demás, cualquier cosa sirve. Pero lo que no le puede faltar a nadie, a nadie de verdad: resiliencia, fe, determinación y esperanza. Sin esto, la mochila siempre va a estar vacía.
Si solo pudieras dar un consejo a quien piensa hacer el Camino Portugués, ¿cuál sería?
Anselmo: El consejo que puedo dejar a quien va a hacer el Camino por primera vez es: ¡Id! No os va a faltar nada. Id, simplemente. Dejad que las cosas fluyan. Creo que podéis tener algunos miedos, pero no temáis: ¡la transformación que vais a sentir hará que nada os detenga! Claro que cada uno sabe lo suyo, pero tengo la certeza absoluta de que lo que nos transforma es lo desconocido. Es dejar que pase, mochila a la espalda y pies en el camino. Porque hoteles reservados, mandar la mochila en furgonetas, no sé, no me parece que ese sea el espíritu, pero………
Anselmo, ¿cómo reaccionaste al llegar a Santiago al final del Camino?
Anselmo: Cuando Pedro y yo llegamos a Santiago (João había ido a hacer una etapa que le faltaba), había una mezcla de emociones. ¡La alegría de haber llegado y la tristeza de que se hubiera acabado! Solo nos abrazamos. Pedro me felicitó por mi cumpleaños y fuimos a la oficina del peregrino a recoger nuestra Compostela y el número para ir a misa. También fuimos a la iglesia de San Francisco, porque João nos había explicado que allí también nos sellaban el pasaporte y nos daban un diploma (como la Compostela): así lo hicimos. Ya cuando pasamos por Padrón, fuimos a recoger la Padronela, porque nos lo dijo João; si no, probablemente habríamos pasado sin saberlo. El momento cumbre de la llegada estaba reservado para cuando llegara João, fue incontrolable. Nos abrazamos los tres, exteriorizamos nuestros sentimientos. Fue, de hecho, un momento que nos marcó, y nos marcó todavía más cuando João me dio un regalo de cumpleaños. Una flecha de madera con el grabado de un peregrino. Dijo que la encontró cuando venía haciendo el Camino y pensó: aquí está el regalo para Anselmo. Comimos juntos, hicimos el camino de vuelta juntos. João se quedó en Guimarães, donde vive. Costó mucho la despedida, pero no sería para siempre (ya nos reencontramos en la semana de Navidad) y mi amigo Pedro y yo volvimos hasta São Pedro da Cova (Gondomar), donde todos nos esperaban.
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